Reminiscencias
Una tenue brisa, suave y apacible, un hálito blanquecino y gaseoso, cual aliento que sale por la boca al respirar, emanaba de aquel caserío lúgubre. Estaba vivo, a sus ojos estaba vivo, respiraba jadeando melancólico y sombrío, dormitando el sueño de los benditos, de los cansados, de los ancianos que en soledad pasan sus horas solitarias sin esperar ya nada, mas aquella casa no fue capaz de adivinar que tendría visita, no se arregló, no se pintó, no sacó su vajilla de cristal, ni ventiló el salón, ni desenfundó sus sillones y armarios envueltos en sábanas blancas en su tiempo, ni descolgó sus telarañas de antaño, nadie le avisó que por el camino boscoso un carruaje trotaba indolente hasta su morada, no sacó sus mejores vestidos, ni se perfumó, ni desempolvó sus alfombras ni caldeó sus estancias con la leña acumulada en la parte trasera del jardín, ni el fuego ardió en su chimenea, tan sólo dormitaba, sus efluvios emanaban por las rendijas y se perdían en el crepúsculo de la dehesa desierta.
Cerrados tras las contraventanas de madera destartalada, emanaban los suspiros del pasado.
Hasta percibir el olor acre de las destilaciones de su hogar, se había mantenido calmado, su viaje se hacía final, sus bronquiolos se inundaron de aquel calor a recuerdo, y notó que su corazón se volvía inestable, arrítmico, asustado, trotando a golpes de los olores pretéritos, lo intuyó antes que los árboles le dejaran ver el humo vaporoso de la casa, allá estaba su respiración, su aliento, seguía realmente viva, exhalando savia por sus poros, sólo él era capaz de olerla, de notar su esencia, su existencia vital, su energía descargada, apagada, respiró profundamente, y al abrir los ojos, allí estaba. Su hogar. Era más pequeña, inmensamente menor, parecía una casita de muñecas comparada con sus recuerdos, pero el olor era el mismo, más intenso, más húmedo, más viejo, pero seguía siendo el mismo.
Cuando ella sintió cosquillas en la cerradura de la puerta, se despertó de su sueño, emitió un profundo suspiro, luego un grito asustado, sorpresivo, se resistió a ser profanada, las maderas, las piedras, los hierros forjados, todos ellos se resistían, la casa entera intentaba proteger su intimidad, su soledad, pero la fuerza exterior era demasiado intensa y cedió a su empuje, chilló a través de los goznes, de las bisagras, se estremeció entera, temblaron todos sus cimientos, sus raíces se tambalearon, crujieron las maderas nobles, despertó de su sueño de bella durmiente de años desiertos y un mar de aire tosco e invasor penetró en sus entrañas contaminándolo todo de humedad y bosque, de exterior, de camino, y entre ese mar reconoció un olor carnal, antiguo, casi olvidado, y lo dejó entrar.
Un ejército de aromas, un tufo de casa cerrada, de reminiscencias sensoriales le atacó, esgrimió su espada contra su armadura de piel y tela, impregnándolo todo de confusos detalles, una mezcla explosiva recorrió su ser, como un cóctel que se agita en la coctelera en las manos de un camarero de bar, sin precisar, indefinido, heterogéneo. Su hogar le había vuelto a abrir las puertas. Sintió que se escapaban sensaciones por esa puerta, que el exterior lo invadía y el interior se esfumaba por aquella grieta, y no quería dejarlo escapar, no, lo notó, notó como se escapaban recuerdos y girándose sobre sus pies, cerró la puerta, la casa emitió un suspiro de alivio a través de los goznes y por primera vez, sonrió, sonrió al notar de forma precisa el olor del pasado a través de un cuerpo que tiritaba allá dentro, que latía caliente, que intentaba encontrarla de nuevo.
Había venido a su encuentro por última vez.
Se acostumbró a la oscuridad, matizada por sombras blancas llenas de estrellas que flotaban entre rayitos de luz crepuscular que se filtraban por resquicios de la madera y las contraventanas mal encajadas e hinchadas, se acostumbró y se dirigió hacía el rincón que buscaba, el rincón del zaguán de su casa. Allá aspiró los recuerdos, ahora los tenía, la pared expelió el aroma a chicle de menta, la menta lo invadió todo, todo el zaguán se llenó de ese perfume de chicle en la boca, allá lo había tenido guardado muchos años, era tan claro, tan presente, tan de hoy, que los vio a todos, se vio a si mismo correteando, mascando la goma, el olor infantil de las risas persiguiendo al gato alrededor de la mesa y luego notó el olor a tabaco, a tabaco picado, fuerte, asfixiante, peculiar y allá seguía su padre sentado, el olor de la chaqueta de pana humedecida por el ralentí, colgada tras la puerta y café, aroma a café intenso, a humeante y negro café, y a picón, el carbón ardiendo, caliente, en brasas, debajo de la mesa camilla, todo estaba allí de nuevo, las paredes le hablaban con olores, y a lo lejos, un perfume a aceite de oliva mil veces refrito, y la vio a ella portando una cazuela y olió su perfume a hierbabuena, a campo, a tomillo, olía a migas y a cocido, a chorizo y a costillas adobadas y desde el suelo, allá captó el inconfundible tacto de pelo de gato quemado, de rabo de gato dormitando demasiado cerca de las brasas, a chamuscado, y le vio de nuevo hecho una bola debajo de la mesa camilla y a su padre dándole un puntapié, y del techo, del techo le llegaba el olor al deseo, a dormitorio, a pasiones, a sudor de pieles que jugaban a hacer el amor, a quejidos y lamentos, a chirridos de los muelles de una cama que prestaba su lecho a las caricias en las largas noches frías de invierno.
Todo allá estaba igual.
Seguía allí, entre las paredes, los olores habían sustituido a los cuadros en la pared, olía el frío de la piedras del suelo, el musgo del techo, las manchas de humedad, olía respirar a la casa, su aliento a recuerdo, el perfumado olor de las sillas tapizadas de cuero, la tinaja de barro cocido con su tapón de corcho y el cucharón olor a olivas puestas a macerar, a hojas de laurel, a vinagre, pepinillos, pimientos, sal, a ristras de ajo colgados en ganchos del techo, a chorizo ahumado, a queso recién hecho, a heno, a pan y bollos, a hogar, a infancia, a reminiscencias del pasado.
Nunca supo precisar el tiempo que permaneció allí dentro, a oscuras, oliendo recuerdos, soñando encuentros, un tiempo que se hizo presente hasta que el presente tiempo le golpeó en la cara, y la casa lo sabía, no quería expulsarle, pero lo hizo, abrió la puerta, le empujó hacia el exterior con cariño y le dijo adiós para siempre, él también lo sabía, a partir de ese instante ya no volvería a ser la misma.
En la lejanía, una cuadrilla de obreros de la construcción, aparejos en ristre, tomaban el mismo sendero que él ahora reemprendía, en sentido inverso, con alguna lagrimilla en los ojos, pero alegre y contento, lleno de recuerdos.
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Maria -